4 de agosto de 2016

Relato negro


El anonimato, ese era su mayor tesoro, no le hicieron falta caretas ni barbas postizas, internet se lo dio sin más. Para muchos la red la carga el diablo, a él con sus timos le cargo la cuenta corriente. Aunque el dolor era intenso no le impidió que en su boca se apreciara una media sonrisa, pensar que en aquella sala de urgencias atestada de gente podría haber alguna de sus víctimas, y que no lo reconocieran, lo hacía sentir el más grande en el mundo de los estafadores. De camino al quirófano un médico le explico la intervención, la resumió con un “abrir, quitar, coser  y para casa”, al rato ya estaba dormido. Cuando despertó no veía nada, y no recordaba que la dijeran nada de ese efecto secundario. También noto como los brazos y las piernas aún estaban como dormidas, decidió pedir ayuda para moverse, pero nadie contesto. Poco a poco la mano derecha fue despertando y con la punta de los dedos toco algo, de repente se puso a gritar como un loco, recordó lo que siempre le decía a su mujer: “el día que muera que me entierren con esa camiseta tan rota como cómoda”.
 
 
 

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